En su hoja de vida está el hacer música con máquinas de escribir – nada extraño ya que existe la pieza musical «La Máquina de Escribir» de Leroy Anderson (1951), o bocinas de autos y además de hacer musicaliza para piezas teatrales y obras cinematográficas, pero más allá de  la interpretación y dirección, Carmen Baliero destaca por su manejo de la voz para actores de teatro y cine.

Además de presentar su espectáculo «Centésimas del Alma», donde musicaliza 600 versos que Violeta Parra escribió en solo un envión, Baliero estuvo en Jujuy para dictar el seminario «Música para teatro» en el Teatro El Pasillo, pero más allá de las interpretaciones sonoras que acompañan a una pieza teatral, lo interesante es que ella dedica tiempo al  teatro y la voz, algo que para quienes me conocen saben que es un punto de interés a la hora de comentar o hacer una crítica sobre una representación escénica.

Así que ahí estaba yo en el segundo día del taller, porque ya ella tendría un panorama más amplio sobre el universo de actores que formaban parte de su taller y la primera pregunta que le formulé, mientras los alumnos llegaban al teatro, se refería a:

¿Por qué es importante la creación de la voz del personaje?

“Primero porque si no se confunde realidad con ficción y segundo porque cuando el actor trabaja con la personalidad, atraviesa el discurso teatral por algo absolutamente coloquial y propio que no tiene nada que ver con lo ficcional. Yo creo que la voz, el timbre inclusive y la forma de hablar tiene un pasado implícito y un valor que se le da, además del decir”.   

Como ejemplo de esta posición uso como ejemplo el caso de la pronunciación italiana de mamma que se marca y se siente redonda la palabra dando la imagen de las matronas grandes, que comen, son «tetonas», mientras que los ingleses dicen «mother» que es más flemático, menos contacto con la madre, no es una palabra táctil. «Por ejemplo un militar marca la palabra «Patria» con una forma totalmente belicosa y una maestra jardinera habla de patria con cariño, porque es una patria que acoge al niño.  

Por eso es que para Baliero los «tonos y cómo se marca y la forma de encarar la voz es el pasado implícito de la ficción». Para la mayoría de los conceptos que emite siempre tiene un ejemplo práctico y para demostrar lo anterior, mencionó al conejo de Lewis Carrol que habla porque alguien le enseñó y está implícito en la historia que alguien le enseñó, ya sea la madre coneja o tal vez existe una escuela de conejos que hablan.

Siempre debe estar este pasado implícito, ya que al no existir se «rompe este pacto ficcional y aparece la persona, no el personaje y nunca es creíble el discurso porque para mí el timbre no miente y la palabra sí».

Hay quienes defienden la tesis de que el público va a ver a un actor no al personaje y por eso algunos intérpretes usan su voz normal.

«Bueno ese es el mercado, porque una cosa es el consumo del teatro y otra es el estudio serio del teatro. A mí lo que le gusta al público me tiene sin cuidado, porque me parece que estamos hablando de un discurso estético. Es como discutir si el Guernica habría que ordenarlo para que se entienda dónde está el caballito o la vaca».

Para ella, «todo discurso estético exige atención y entender que hay un pensamiento que lo construye» por lo que si uno se toma con más seriedad el oficio debe tener en cuenta el aprendizaje, más allá del consumo, y que el tener acceso al teatro implica un esfuerzo, que viene del público.

En este ejemplificar su conceptos dijo que a la hora de componer – un personaje. una situación, una idea, uno debe ser «viajero» y no «turista», porque esté último de antemano sabe a dónde va, tiene todo organizado, la plata, el hotel, la agenda planificada que lo llevará a tantos destinos en tantos días, mientras que como dice Machado al viajero el camino lo lleva. «Entonces el camino es el aprendizaje de la nada, es querer llegar a un lugar, pero aparecer en otro, porque es entender el factor sorpresa, que es el arte».       

Con un seguridad al hablar y emitir sus opiniones, alegando que ella es «taxativa e impune porque me permite pensar, construir pensamiento» expresó que «hay ciertos males acá, que es la diferencia entre Buenos Aires y todo lo demás. De hecho una ve la televisión y todos hablan en «porteño» lo que es una locura. Me parece que lo que pasa en Jujuy es que siempre siente que tiene que mejorar porque los parámetros teatrales y la forma de encarar el teatro bajan de Buenos Aires… entonces siempre tienen que mejorar. Es como cuando la gente se tiñe de rubio, porque piensa que con eso mejora. Creo que hay parámetros culturales muy fuertes que hacen que nunca sea suficiente lo de uno».

¿Eso es malo per sé?

«Creo que si viene por el lado de subestimación, por no encontrase en la metrópolis es malo. yo creo que si está en carnaval y entierran al diablo, no están pensando si están actuando bien o mal y eso es teatro. Yo he escuchado a directores de teatro de Buenos Aires decir que no se puede trabajar con personas copleras o del carnaval porque no entienden de códigos teatrales, y yo pienso que es que esas personas no entienden los códigos teatrales del carnavalero y del coplero»  «Por el otro lado creo que hay mucha ingenuidad y no es algo planteado este tema. No creo que piensen en mejorar y en general  en estos talleres lo primero que dicen es que hablo bajo, no se me escucha, tengo voz finita».  

De tanto en tanto, entraban sus alumnos como queriendo decir que ya era la hora, pero Carmen Baliero no es de las que se deja intimidar por la presión externa y con miradas o con comentarios muy propios del humor negro mandaba al que interrumpía  a desalojar el espacio, que cruzara la cortina y esperara el momento.

Para recalcar la importancia de la credibilidad de la voz del actor al interpretar recordó que Shakespeare escuchaba los parlamentos con los ojos cerrados y las butacas más caras eran donde mejor se escuchaba, no donde se veía más, lo que demuestra un «pensamiento auditivo, sonoro y musical» y cree que eso falta  

Nuevamente salió a relucir un ejemplo práctico de sus teorías y mencionó que «en el teatro shakesperiano, piensan musicalmente porque ellos al hablar cantan aunque no cantan. Uno lee Shakespeare y parece que rima, es un autor que cambia las palabras para que suenen como otras, enhebra sonidos para dar sentido dramático musical aunque esto no tenga que ver con la historia sino que lo hace para darle musicalidad al texto. Hoy yo veo que hay algo que falta, que es pensar la voz no como informativa, sino como estética, como música».

¿Es culpa del actor o de su formación esa falta de interés en la creación de la voz, más allá del volumen en el escenario?

Creo que en general la formación teatral no contempla el timbre

¿Por qué?

Haciendo la salvedad de que todo lo que opina es parte de teorías «absurdas» – por lo que aún sigue impune como lo menciona constantemente – dijo que «yo creo que es porque el teatro independiente se ocupó mucho de defenderse y generar mensajes de resistencia y – en la música pasa lo mismo – este mensaje está revestido en un molde que no le pertenece. Es tal la desesperación por informar – unívocamente – que ya eso es una contradicción fragante con el arte, que se pierde lo ficcionado, se pierde el misterio, eso que uno no puede explicar, lo intangible de una obra, que es por lo que vale una obra».

Aquí citó a Bach donde nada está en los compases que están escritos, en el barroco, que siempre tiene un misterio atrás en la construcción y cuando uno toca la melodía como es como el «ojo mágico», que uno mira de cerca y ve algo, pero al focalizar ve otra cosa.

«En la voz ocurre algo parecido. Si yo digo «Yo Maté» a tu perro, lo importante es que lo maté yo. Si digo «yo mate a tu perro», lo importante es que el perro está muerto. Si dijo «yo Maté a tu perro», lo importante es el asesinato del perro. Entonces me parece que las acentuaciones son sintácticas y dramáticas».       

¿Cómo hacer que los actores de Jujuy entiendan que deben mejorar la voz?

«Primero olvidándose de la personalidad. Yo creo que hay que olvidarse del yo. Es que el actor tiene que olvidarse del yo. Lo grandes actores hacen eso… Una cosa es exhibirse y otra cosa es entrar en la entrañas del teatro, del discurso estético, que es mucho más complejo y uno se desdibuja. Cuando uno pinta, toca el piano, actúa, canta, se desdibuja, justamente porque si no es imposible que puede acceder a esa forma que no tiene la lógica de la personalidad, de la moral, de la sociedad, de la afirmación, de lo univoco y cuesta mucho porque se está pensando en yo actuando. Loa actores siempre dicen cómo me viste, no cómo me escuchas, y cuando preguntan eso es porque se refieren a  fuerte o bajo, pero no se refieren a cualidad.

Si los actores tienen mucho de dónde mejorar, los directores también tiene su cuota de responsabilidad porque a la gran mayoría le falta «formación sonora», referida a saber de acústica, que no siempre las cajas sonoras estén adelante, saber cuándo la voz de la actriz no transmite credibilidad, o que el tacón del zapato o la misma tela hacen ruido, no hay lo que para ella es «alertidad sonora», que es el discurso paralelo que se genera con el sonido indómito, que está presente y no genera discurso sino ruido. Eso lo ejemplifica destacando las largas horas de pruebas de luces, a veces toda una tarde, frente al poco cuidado en la prueba de sonido que se resuelve una hora antes de la función teatral, y la lluvia se escucha en primer plano, cuando en la acción escénica debe estar al fondo.

«Yo creo que esto pasa porque la música se la ha tomado decorativamente y porque se cree que es una niña buena que genera climas, porque la música es funcional, o para castigo o para festejo o es silencio, pero siempre pensando en lo utilitario»      

Transcurrieron los minutos hablando de música, de arte y cuando ya los alumnos no podían esperar más, estaban ahí para seguir con el taller, tuvimos que hacer un alto con una última pregunta 

¿Qué esperas dejar en estos actores jujeños al finalizar el taller?

«Darles más confianza, quitarles cierta ingenuidad – por la falta de información – y estimularlos a escuchar más música.

Si hablar con Carmen Baliero es aprender desde la experiencia y la conceptualización de las ideas, verla dictar el taller es aprender otra fase del contacto con los seres vivos, porque ella, que viene de la dirección de música, mezcla el dejar hacer con poses – a veces – dictatoriales, pero siempre con una sonrisa, como diciéndote aquello que caracteriza la enseñanza de Gordon Rancey en «Master Cheff» – tus platos pero mis reglas, y ella lo emplea en escena, dejando que los actores muestren lo que pueden hacer, pero sin olvidar que hasta tocar el papel tiene una técnica, un tiempo, una intención que responden a un concepto y que eso es lo primero que tenemos que tener claro… qué queremos decir o mostrar.

Baliero se mueve en el escenario a veces como una sobra, cierra los ojos y escucha, se deja llevar por lo que sus alumnos ofrecen, pero en algún momento vuelve a la realidad y dar indicaciones, para ser la titiritera que mueve los hilos de la escena, pero lo hace como los que entienden el oficio de la dirección… sin hacerse sentir y provocando en el otro la reacción para que piense que ese movimiento, esa acción o esa reacción se le ocurrió a él. Esas sutiles manipulaciones son, como diría el recordado cantante Cherry Navarro en su canción Aleluya, «las cosas que me hacen olvidar este mundo absurdo que no sabe a dónde va» y pensar que el teatro es un universo creado por una mano invisible que juega a que pensemos que existe el libre albedrio, o esa es mi Visión Particular.  

Francisco Lizarazo

@visionesp

 

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