“Los días se van acortando pero el espanto no, sigue allí, denso, interminable. El invierno se acerca, pronto llegará el tiempo de las mandarinas”.

Rafael Nofal

A Natalia Rocha la encontraron envuelta en una cortina roja en el arroyo Las Catonas de Moreno. El cadáver mostraba un degradé de violencias. Tania Ayelén Merlo tenía 11 años al desaparecer en marzo de 2010 cuando volvía en tren a su casa en el barrio porteño de Barracas. Ailén del Valle López, quien en febrero del año pasado abandonó su casa de la localidad bonaerense de Longchamps, nadie supo más de ella.

Araceli Ramos, que permaneció desaparecida durante 11 días, fue encontrada estrangulada y atada con alambre en un descampado de la localidad bonaerense de Villa Madero, en La Matanza. Ángeles Rawson, de 16 años, desapareció en el barrio porteño de Colegiales. A día siguiente, su cadáver fue encontrado. Noelia Akrap, de 15 años, murió asfixiada. Había salido a comprar cigarrillos. Su cuerpo fue hallado en un descampado. Melina Romero, de 17 de años, fue hallada asesinada, tras 29 días de búsqueda. Todas jóvenes que ya no están y que no tienen voz para contar qué les sucedió. Lamentablemente, todas estas historias son reales, no una fición salida de la mente de algún dramaturgo.

El teatro es una forma de educar, de establecer comunicación con hechos y pensamientos, es una manera de denunciar lo que está mal y – por eso – es una actividad trasgresora, que la sociedad necesita para enfrentar sus demonios y aprender a lidiar con ellos.

Rafael Nofal recurre al teatro para contar los caminos que posiblemente debieron seguir y enfrentar mujeres que hoy no están para vivir su vida.

“El Tiempo de las Mandarinas” es una obra teatral que se presentó en el teatro El Pasillo, como parte de las actividades de la Minka Teatral y cuenta en su haber con el premio del festival de la Fiesta provincial de teatro de Tucumán, de donde son los integrantes de esta pieza.

Nofal nos cuenta en algunos cuadros aislados, las acciones de mujeres que se encuentran en la vida – aunque no por mucho tiempo – con un futuro incierto y un pasado de maltratos, persecuciones, prostitución, rapto e ilusiones interrumpidas por malas decisiones o personas tóxicas.

Cuatro mujeres en escena o – mejor dicho – fantasmas nos ofrecen sus recuerdos, sus sueños inconclusos y cómo han afectado a otros seres, familias, amigos, gente común que no las conocieron pero sienten su presencia y pueden tomar decisiones a partir de sus historias.

Jorge de Lassaletta dirige a las actrices Tuly López, Romina Muñoz, Inés Haedo y Kika Valero, quienes asumen la voz de las mujeres creadas por el dramaturgo para contarlos, algunas con más detalles y otras de manera más genérica, lo que les pasa antes de esfumarse del plano terrenal para seguir vivas en la mente de quienes las recuerdan y solo desaparecer cuando dejan de ser recordadas.

La música original fue compuesta por Fernando Flores Blasco, mientras que el diseño de vestuario fue realizado por Sandra Mora.

No es esta una pieza cronológica, que sigue el modelo aristotélico, es un relato onírico que deja en el público espectador la tarea de armar este rompecabezas dejándole una sensación de angustia, de desesperación, para al final sentir lo mismo que Kevin Bacon en «Regresando a Casa» (Taking Chance) cuando luego de acompañar los restos del cabo Chance Phelps a su pueblo natal en Wyoming dice: «No te conocí pero ya te extraño».

Las actrices muestran de una manera creíble y que genera empatía esa ilusión de las mujeres jóvenes, la esperanza por un futuro mejor, pero también se ponen en la piel del drama, la tortura, el querer huir del terror, del horror de saberse una víctima más de una sociedad que solo se interesa de los vivos, porque los muertos no son de nadie – tal vez de sus familias – porque cuando está secuestrado, maltratado o algo peor, si es que puede existir algo así, el único refugio que queda es la mente, como lo dice unos de los parlamentos.

Con las luces bajando su intensidad se escucha una voz que dice «Una mujer hace dedo en una ruta desolada, o camina como a tientas por la ciudad. Otra, con la mirada perdida ve pasar los postes de luz desde la cabina de un camión». Otra espera, solo espera. Los días se van acortando pero el espanto no, sigue allí, denso, interminable. El invierno se acerca, pronto llegará el tiempo de las mandarinas, resumiendo que la tragedia no ha pasado, y otras Natalia, Tania, Ailén del Valle, Araceli, Ángeles, Noelia y Melina están a punto de desaparecer o – peor aún – ya no están con nosotros.

“El Tiempo de las Mandarinas” es un drama actual, disfrazado a veces de risas y gestos graciosos, que no solo sucede en la Argentina, ya que para desaparecer solamente debemos estar vivos, sea en Venezuela, México, España, Suiza o cualquier rincón del planeta donde exista la maldad humana, porque el hombre ha demostrado que puede ser el animal más mortífero que habita esta gran esfera azul, o esa es mi Visión Particular.

Francisco Lizarazo

@visionesp

Comparte esta publicación