Tristeza, vacío, soledad, melancolía, ansiedad o irritabilidad es lo que pueden sentir algunos padres cuando sus hijos se marchan definitivamente de casa. Esto que se denomina ‘síndrome del nido vacío’ les sucede a José y María quienes acaban de llegar del matrimonio de su hijo.

Esta pareja que acaba de presenciar a su único hijo iniciar una nueva vida, ahora casado y en camino a su luna de miel, en lugar de celebrar este importante acontecimiento, comenzará una degradación moral y verbal porque se han dado cuenta que luego de 27 años no tienen nada que los una.

Él es carpintero y ella es ama de casa. Durante el matrimonio han tenido que sacrificar mucho para mantener unida a la familia. Nada de vacaciones, o de compras lujosas, menos eso de estar cambiando el guardarropa, aunque eso sí, ambos son dueños de la carpintería y de la casa que habitan. Por lo menos algo tienen en sus vidas.

Pero la amalgama que unía esta hogar, fuera por compromiso o apariencia, era el hijo y como ya no está, entonces comienzan los reproches y a salir las miserias que incluyen palabras de desprecio a la familia del otro, las acusaciones de ella sobre la infidelidad de su esposa, con una sirvienta, hasta los conflictos por los intereses económicos y las cuentas bancarias. Todo esto pasa mientras esperan la llamada del que se ha ido a formar su nueva pareja, diciendo que llegaron bien a su luna de miel.

Esta es la trama en que se desarrolla el drama «la noche de la basura», obra teatral de Roberto Gianola, con la dirección de Rodi Bernardez, que proveniente de Buenos Aires se presentó en el teatro El Pasillo, de Jujuy.

Con un dialogo cruel y violento, sin llegar a los extremos de ¿Quién le teme a Virginia Wolff?, de Edward Albee, esta pieza muestra el resentimiento acumulado durante años, que nos habla en un lenguaje cotidiano de esas pequeñas cosas que van minando una relación de pareja de tantos años.

María es la madre personificada por Elizabeth Mancilla, mientras que José está en la piel de Mario Masci y ambos son responsables de mostrar la falta de alegría, de aspiraciones futuras, así como del temor a la vejez, en diálogos que son un constante reproche ante una vida junta.

Si bien el texto es muy actual, a pesar de haber sido escrito en el año 78, con situaciones en los que podemos sentirnos conmovidos por asociación con nuestra propia historia, las actuaciones en este caso no tuvieron el brillo que requería esta propuesta.

Ambos se muestra cansados en sus actuaciones, incluso llegué a pensar que a Masci podía sucederle algo en escena, porque se notaba que le faltaba el aire, mientras que Mancilla olvidó partes del texto que su compañero pareció no advertir y siguió diciendo su letra, aunque no tuviera relación con lo que le decía su compañera.

A pesar de estar en una batalla de reproches, los parlamentos son dichos de manera muy correcta, tú hablas y luego yo, no hay la típica interrupción de un dialogo por otro presente en toda discusión, lo que la resta credibilidad a la escena.

La dirección tiene momentos interesantes como puesta, como la escena del ritual de José lavándose los pies en agua con sal, pero no continúa en esa línea de presentar acciones cotidianas de los personajes, más allá de la típica de la ama de casa planchando.

En estas recriminaciones no se salva nadie porque desde el inicio de la obra los personajes están criticando a todos los invitados al matrimonio del hijo. Claro eso es lo normal que hacemos luego de ir a una fiesta, o acaso no llegamos al hogar y comentamos – no siempre en buenos términos – a quienes estaban en la reunión. Pero en «la noche de la basura» nadie sale bien librado, ni los parientes de María ni los de José, que por sus condiciones sociales desentonan al lado de la familia de la novia, que es de alta clase.

La esperada llamada se produce y eso también genera nuevas situaciones, demostrando que por más que irritabilidad nos domine siempre hay algo que puede evitar que la sangre llegue al río. Tal vez sea la resignación, o que el amor triunfa al final, aunque para ello primero debamos «lavar la ropa en casa».

Quien crea que vivir en pareja durante 27 años es todo color de rosa y dulzura debe ver esta obra, porque la realidad a veces, solo a veces, no está tan alejada de la ficción, o esa es mi Visión Particular.

Francisco Lizarazo

@visionesp

Comparte esta publicación


0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *